jueves, 10 de junio de 2010

Bachuako

"No soy especialista, y dudo que haya un especialista en el puerto" le habían dicho.
Mirandolo por debajo y tocandole la guatita decían que quizas era estrés. Quizas era la comida. "Si me lo deja unos tres dias, puede que lo descubra".

Antes cuando los del tipo de Bachuako llegaban más al puerto, las cosas eran más faciles. Comida facil, veterinarios especialistas, un arreglo para que la montaran y le pagaban por los potrillos. Así podían pasar varios meses sin que hubiera que cargar mucho el carro o trabajar hasta tarde, y podían ir al campo. Hasta fueron a la selva, una vez, donde Bachuako se veía contenta aunque comió unas frutas que le hicieron mal. Se cayó de lado y hubo que pincharla.

Y claro, los Sundos siempre fueron más nerviosos, pero nunca se supo de estrés. Aunque las calles nunca estuvieron tan llenas tampoco, ni había luces electricas toda la noche. Ni los gatos eran tan valientes.

Podía que esas dos cosas estuvieran relacionadas, pensó. No solo en que odiaba las luces eléctricas con sus anuncios de pergaminos y de bengalas, de siluetas de mujer o tenedores hechas de tubo brillante colgando afuera de las tiendas del centro y odiaba a los gatos. ¡Gatos! Cuando era niño vio gatos de verdad. Alguien pensó que serían buenos, que también los podrían amaestrar, pero no todo lo que se le pone una montura permite que lo monten. No todo lo que tiene una correa la tiene por mucho tiempo. Y cada vez eran peor. Cuando la electricidad estaba restringida y los enormes hornos no humeaban dia y noche, una bengala era suficiente para hacerlos correr. Ahora había escuchado incluso de algunos que saltaban por sobre charcos de llamas de bombas botella.

Las llamas. Eso fue lo que hizo ecasear a los Sundos le decían. Nunca fueron muy buenos para tener crias, no en la ciudad. Bachuako tuvo solo en dos ocasiones, un par murieron y luego dejaron de llegar de afuera. Pero demoró en saberse que habían muerto tantos afuera. Una guerra de fuego griego, decían.

En la Republica Federativa dicen que quedan, el tren es más caro de lo que vale la pena. Bachuako está vieja. Quizas podría pedir un adelanto por el cuerno y la mejor parte del cuero y retirarla porque, aunque el cuerno fuera pequeño, el cuero de los Sundos era tan bueno como el de los gigantes. Nunca pensó en matarla trabajando como otros cargadores. Se merecía un descanso antes de morir.

Era una pena que todos los ahorros que invirtió en comprarla le duraran dies años menos que los otros. De todos modos no hubiera podido pagar más. Y en realidad, había sido un bajo precio por un sueño.

Cuando pequeño en Puchuncaví trabajaba con su familia sembrando y cosechando, una vida de mediero respetado. Y cuando fueron a Quintero, al velorio de la tia Ramona vio al animal. Un miedo y felicidad inmensos lo llenaron al ver a un animal como hecho de roca, un animal que hacía ver a un toro com algo fragil y desnudo, como una idea sin terminar.

Ahora caminaban uno al lado del otro, como hacían cuando no había carga que llevar ni había prisa por llegar. Bachuako se detenía un momento a oler el pasto, pero cambiaba de idea y elegía las hojas de un arbol un poco más adelante. "La voy a llevar a conocer el campo" pensó. "Nos tomará unos tres dias a paso medio." Esperaba que sus papás estuvieran bien. Hace más de un año que no los veía. A veces le hubiera gustado aprender a escribir, solo para poder mandarles mensajes; mensajes que harían que alguien en dia de feria se los leyera.

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